La economía española moderna se ha configurado gracias a tres revoluciones silenciosas. La primera en los años 60, donde políticas ortodoxas de los tecnócratas del Régimen y la división del mundo en dos bloques atrajo por primera vez la atención de inversión extranjera. La segunda se produjo en la segunda mitad de los años 80, alrededor de la entrada de España en el mercado común, gracias a ese hito y al diferencial de costes de mano de obra con respecto a otros países europeos. La tercera, a principios de este siglo, en medio del proceso de globalización, con la internacionalización de nuestras grandes empresas y la atracción de importantes flujos de capital extranjero que apostaron por un país con costes competitivos que se estaba integrando parcialmente en las cadenas globales de suministro.

Estamos al inicio de un nuevo cambio disruptivo qué, si sabemos aprovechar, consolidaría un relevante estatus económico y geoestratégico de España en Europa y en el mundo. Este cambio disruptivo tiene dos vectores fundamentales en los que España está magníficamente posicionada. En primer lugar, la reorganización del proceso de globalización derivado de las tensiones crecientes entre Occidente y los países que no comparten nuestros valores. La guerra de Ucrania es, por desgracia, solo una muestra de lo que viene: un mundo dividido en dos bloques que pueden haber perdido por mucho tiempo la capacidad de confiar el uno en el otro. Aun cuando la ruptura no será tan acusada como durante la Guerra Fría, la localización de procesos productivos va a estar a partir de ahora condicionada, no unicamente por aspectos de competitividad en costes sino también y en algunos casos muy especialmente , por elementos de seguridad estratégica. España, dentro de la UE, pero en la parte de Europa más alejada del conflicto ruso, puede tener ventajas competitivas en procesos de reorganización de cadenas de suministro (nearshoring y friendshoring), basadas en su posición geográfica y su estabilidad institucional.

 

Entre las distintas alternativas que tendrán que considerarse (baterías, bombeo, térmico), convertir la energía eléctrica en energía de las moléculas producidas originariamente a partir de electricidad, que convivirán con los biocombustibles, es el siguiente paso, teniendo, no obstante, que resolverse los eventuales problemas que represente su almacenamiento, transporte y utilización. En el mix energético los combustibles fósiles, gas y petróleo, suponen 60%% del total. Sirven para mover vehículos, barcos, aviones, climatizar edificios y llevar a cabo procesos industriales. Sin cambiar estos combustibles, la reducción del contenido de CO2 en la atmósfera es imposible. Ese cambio vendrá de una apuesta decidida por el hidrógeno y sus derivados (amoniaco, metanol, E-fuels…), y esta apuesta va a causar un cambio de paradigma similar al que se produjo cuando la Royal Navy decidió utilizar petróleo en vez de carbón para sus barcos de guerra a principios del siglo XX.

 

Medio mundo está enfrascado en esta nueva revolución. Los países que lleven la delantera atraerán industria masivamente y se convertirán en grandes exportadores de energía. Y aunque otros países también tienen sol, viento y espacio (por ejemplo, los Emiratos o Arabia Saudita que están haciendo una gran apuesta en este sentido) pocos tienen, además, una capacidad logística y de transporte tan sofisticada, un sector industrial consolidado, están en una zona de estabilidad institucional como la UE y abundante mano de obra cualificada, ejecutivos de talla internacional y mid management para transformar su modelo y hacerse fuertes este nuevo paradigma. Si España sabe jugar sus cartas, y la UE lo apoya, el futuro industrial de España y su mejora en su balanza de pagos están asegurados.

Jaime Malet, Presidente AmChamSpain, CEO Telam

Luis Crespo, Partner Energía Telam